|
La golondrina de "Quitapellejos"
Era una tarde cálida de septiembre, cuando el sol empezaba a caer el pinzón y el carbonero dejaban oír sus reclamos. Un grupo de ruidosos mitos, pajarillos de apenas 8 gramos de peso y cola más larga que su cuerpo, alborotaba buscando pequeñas larvas entre las hojas, ya algo amarillas, de los chopos de la ribera.
Numerosas golondrinas bajaban su vuelo ágil y grácil hasta casi rozar el agua del remanso del río donde capturaban con su ancha boca abierta los mosquitos que en esas fechas todavía son abundantes. Seguramente la mayoría de ellas provenían de países más norteños, en los que ya los fríos habrían acabado con los insectos voladores. Aquí todavía encuentran a finales de verano suficiente plancton aéreo (así se llama a las nubes de mosquitos y de pulgones de los que se alimentan estos pájaros) para recuperar las energías perdidas y acumular nuevas reservas de grasa que les sirvan como combustible en su largo viaje hasta más allá del desierto del Sahara.De repente una de las golondrinas se vio envuelta en un amasijo de hilos negros. Alguien había colocado en su paso un fino muro de algodón, una red que en las sombras del atardecer ella no supo distinguir, tropezó y se enredó. Algo, miles de veces más grande que ella, se acercó y la liberó de los finos hilos que la aprisionaban. Después de diversas manipulaciones, que la dejaron algo mareada, la golondrina se percató de un extraño anillo metálico en su pata. Una especie de pulsera plateada que, a pesar de lo extraño, no pesaba mucho ni le molestaba. Acto seguido la lanzaron al aire, desplegó sus alas y voló de nuevo con sus compañeras. Esto ocurría una tarde de finales de septiembre de 1994 en un conocido paraje cercano a Fuensanta, "Quitapellejos". Es probable que la golondrina, en los 2 ó 3 día siguientes, se atiborrase de insectos que la hicieran engordar 4 ó 5 gramos (más de un 20% de sus 20 gramos de peso), emprendiendo a continuación la siguiente etapa de su viaje, que podía llevarla hasta el estrecho de Gibraltar. Allí esperaría vientos favorables que le ayudasen a cruzar los aproximadamente 14 kilómetros del brazo de mar. Después bordeó la cordillera del Atlas marroquí y cruzó cientos de kilómetros de desierto y sabanas. Incluso voló sobre la selva tropical para llegar hasta algún país del sur de Africa. Todo ello con la brillante anilla que alguien le colocó en la pata.
El 24 de diciembre del mismo año, cuando todos preparábamos el pavo y el turrón, 85 días después de su captura en "Quitapellejos", nuestra golondrina, en un descuido, fue sorprendida por un gato que la mató para comérsela. Esto ocurría cerca de Plettenberg Bay, provincia de El Cabo, República de Sudáfrica, a 8.549 kilómetros de "Quitapellejos". Alguien debió ver la escena del gato y recuperó la anilla. En ella había un numero, el 678087, y la siguiente inscripción: MIN. AGRIC. ICONA MADRID. Seguramente la persona que la encontró se puso en contacto con las autoridades responsables de la protección de la naturaleza en su país y, gracias a ello, la anilla y los datos de su recuperación fueron remitidos a la dirección inscrita en la anilla.
Así ha sido como hemos podido saber que una golondrina que pasaba por "Quitapellejos" al final del verano de 1994, que posiblemente hubiese nacido esa primavera en Francia, Alemania o Inglaterra, aún volaría más de 8.000 kilómetros para pasar el invierno en tierras más cálidas. La golondrina murió en las garras de un depredador (algo natural, al fin y al cabo) pero nos facilitó una valiosa información.La historia de la golondrina de "Qitapellejos" no deja de ser una anécdota, un dato suelto pero interesante, que he querido utilizar para dar a conocer, al menos someramente, en qué consiste el anillamiento científico de aves y cuáles son los resultados que sobre sus migraciones, comportamiento y ecología nos puede aportar esta actividad. Espero en próximas ocasiones poder explicar, desde estas páginas, algo más sobre el anillamiento en particular y sobre las aves en general.
DOMINGO BLANCO SIDERA
|